Desde
el jardín de mi casa en el pueblo, con el cielo encapotado en una calma
absoluta y la quietud propia de los días no soleados, se puede llegar a un
estado de paz total. Hablando desde la modorra propia de la panza llena y el
licor de hierbas a medio beber uno puede darse cuenta de lo mucho que necesita
estos momentos. Momentos de completo silencio cuando todos están durmiendo la
siesta y tú sin embargo te mantienes en vigilia pues necesitas disfrutar de tu
tiempo, tu cuerpo respira acompasado y con calma mas tu cerebro se encuentra en
completo frenesí intentando atesorar cada instante y llegar al innegable punto
de vista de que vivir esto es una absoluta prioridad.
Cuantas
veces no hemos sido conscientes de lo mucho que necesitamos pararnos un segundo
y ver las cosas con perspectiva, reflexionar, ver lo que funciona o no, y
lograr aclararnos un poco para poder volver al ruedo de nuevo.
Ha
empezado a lloviznar y mis pies descalzos, como es habitual, comienzan a
percibir la humedad en el ambiente, hace tan poco viento que las volutas del
humo de mi pipa se agolpan delante de mi rostro mientras oteo el imperturbable
cielo gris viendo como los cúmulos de nubes en su lento avanzar se modifican en
pequeñas figuras solo perceptibles por la imaginación de uno mismo, y
atesorando este momento con tan solo voraces pájaros activos por el leve
aguacero y el canto de las gaviotas en su devenir como testigos, te das cuenta
que la vida, con muy pocas cosas, puede llegar a lucir en todo su esplendor.
Estos
momentos son los que necesitamos, un impás en la vida que nos permita ver que
no todo es un frenesí brutal en el que pararte a pensar implica que estás
perdiendo oportunidades. Momentos en los que la lenta y metódica reflexión
acaba por liarnos más o aclararnos las ideas, pero por lo menos lo hemos hecho.
Disfrutamos de ese momento pues somos plenamente conscientes de que somos seres
humanos, con nuestra conciencia, nuestros sentimientos y nuestros deseos.
Reflexionas sobre lo que está por venir, sobre como nos sentimos últimamente, o
sobre lo cansados que estamos por el transcurso de los días. Viene a dar un
poco igual, porque lo realmente interesante del hecho es el momento, es nuestro
momento.
Ni una
sola rama de un árbol se ha movido en el tiempo que he estado escribiendo, y es
tal la calma que solo la suave música de Bon Iver, el sonido de mis dedos
tecleando y el canto de un gallo que debe estar más perdido que yo en mis
momentos más atribulados son lo único que decoran acústicamente el lugar. Y sin
embargo, no hay nada que no podamos replicar en nuestro lugar de paz
particular. Vivimos estos momentos para poder acudir a ellos cuando las cosas
están tan aceleradas que actuamos cual madero azotado por las corrientes.
La paz
es un privilegio al que todos podemos optar y nadie nos lo puede negar,
disfrutadlo.
Rua Vieja, Licor de Hierbas
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